Dra. Norma Peschard Gutiérrez
Doctora en Educación
Responsable de la Pastoral Educativa y Cultural
Arquidiócesis de Tlalnepantla

“Cuando estaba en cuarto grado dije una mala palabra a la maestra y ella, una buena mujer, mandó llamar a mi mamá. Fue al día siguiente, hablaron entre ellas y luego me llamaron. Y mi mamá delante de la maestra me explicó que lo que yo había hecho era algo malo, que no se debe hacer; pero mi madre lo hizo con mucha dulzura y me dijo que pidiese perdón a la maestra delante de ella. Lo hice y me quedé contento porque dije: acabó bien la historia. Pero ese era el primer capítulo. Cuando regresé a casa, comenzó el segundo capítulo... Imaginad vosotros hoy, si la maestra hace algo por el estilo, al día siguiente se encuentra con los dos padres o uno de los dos para reprenderla, porque los «expertos» dicen que a los niños no se les debe regañar así. Han cambiado las cosas… Hoy muchos de los padres buscan autoexcluirse de la educación de los hijos…” (Papa Francisco, recordando una anécdota personal, 2015).


Es un signo de esperanza reconocer que en una época como la que hoy vivimos, en la que a veces parece que nos encontramos en una especie de Torre de Babel donde, incluso hablando el mismo lenguaje, cada uno interpreta los conceptos de forma distinta, hay un consenso más o menos general que reconoce como característica esencial de la familia la educación de los hijos.
El cambio cultural del momento actual nos muestra que la escuela y los modelos educativos del siglo pasado van quedando obsoletos. Las actuales generaciones darán pie a una nueva sociedad que desde ahora se prevé que demandará personas competentes, creativas, con un sano juicio crítico, emprendedoras, con armonía emocional, de altos dotes y sensibilidad social, con fe viva y operante, que se adapten fácilmente a los ambientes y diversidad de circunstancias, y que sean capaces de trabajar y convivir con otros estilos de personas, en distintos lugares y momentos.

¡Cuántas sorpresas nos ofrece la vida! En el periodo de años de la nuestra, ¡de cuántos cambios y novedades hemos sido testigos…! Quizás, al mirar a los niños y jóvenes con quienes te encuentras cotidianamente,  ya te has preguntado: “¿Qué les tocará vivir a ellos…? ¿Qué les destinará el futuro…? Cuando tengan mi edad, ¿qué habrán visto ya…?”.

Aún sin tener la respuesta sabemos que desde ahora podemos ofrecerles los recursos para vivir a la altura de su dignidad humana y poder adaptarse a lo que les depare el porvenir. EDUCACIÓN es la clave para asegurar invertir desde hoy lo necesario para afrontar ese futuro.
Por su natural vocación la familia se convierte en la primera escuela que educa a la persona.  
Los padres de familia, sean o no sean maestros profesionales ni se dediquen a la docencia, son, sin lugar a dudas, educadores. La Educación para ellos no es un trabajo: ¡es una misión de vida!  
A estos primeros educadores les toca ayudar a que cada hijo a ellos encomendado conozca y viva la grandeza de su propia dignidad. Ellos están llamados a iluminar y guiar las mentes y los corazones, las manos, los pies, los ojos, las bocas y toda la persona de sus hijos. Es una misión que inicia  desde que nacen y no tiene fin: Educar para la vida, enseñarles a vivir en el realismo cotidiano, enseñarles a dialogar con todos… Educar con los recursos que nuestros niños y jóvenes necesitarán para adaptarse al mundo en el que vivirán.
A todos se nos presenta este desafío: Educar hoy y mañana, ¡una pasión que se renueva…!
Gran parte de la comunidad educativa aboga por un revolucionario cambio en la escuela  y en la forma de enseñar para formar a los ciudadanos del futuro.
La Educación está dirigida a una generación que está cambiando, y por tanto los educadores y los sistemas educativos están llamados a cambiar el sentido de poder comunicarse amorosamente a los niños y jóvenes que tienen delante, con sus realidades concretas. (Papa Francisco, 2015).
Surge ahora la pregunta: Entonces, ¿cómo educar? ¿Qué valores y qué tradición tenemos hoy para transmitir a nuestros hijos?
Son muchos los intelectuales «críticos» de todo tipo que han criticado la educación familiar acusándola, entre otras cosas, de autoritaria, conflictiva, favoritista, conformista y represiva de afectos.
La alianza educativa de la sociedad con la familia ha entrado en crisis. Se ha ido abriendo una creciente brecha entre familia y sociedad, entre familia y escuela, el pacto educativo hoy se ha roto. Se multiplican los casos en que se ha perdido la confianza, y hasta el respeto a la labor educativa entre padres y maestros. Las consecuencias recaen en los hijos. Surgen nuevos “especialistas” que ocupan el lugar de los padres en aspectos propios de la educación, como son los derechos, los deberes, la vida afectiva, la personalidad de los hijos. Algunos padres de familia han delegado a estos “especialistas” la educación de sus hijos y se han hecho aprensivos, inseguros y timoratos para corregirlos. Se han “autoexiliado de la vida y de la educación de sus hijos”…
El número 67 de la Relación Final del Sínodo de los Obispos, celebrado en Roma el pasado mes de octubre, expone que en las diversas culturas, los adultos de la familia conservan una función educativa insustituible. Sin embargo, en muchos contextos estamos asistiendo a un progresivo debilitamiento del rol educativo de los padres. Son otros factores que han ido invadiendo  los momentos de encuentro y diálogo entre padres e hijos. El delegar a “expertos” la educación de los hijos, la presencia de los medios de comunicación dentro de la esfera familiar, también ha ido sustituyendo la tarea de los padres de familia a acompañar en la enseñanza y educación a los hijos.
Reconocemos también que, en muchos casos las redes sociales han ayudado a crear puentes de comunicación que unen a los miembros de las familias, cuando por situaciones de lejanía física no hay otra forma de mantenerse cerca.  
Una estupenda herramienta para la educación y la unidad familiar es, sin duda, la creación de espacios y momentos de encuentro entre padres e hijos, entre hermanos, así como el diálogo con otros padres de familia y la puesta en común de experiencias. Es necesario un esfuerzo generoso y consciente por crear estos “espacios”… El ritmo de nuestra época parece habernos hecho tacaños con el tiempo para escuchar, para hablar, para reflexionar juntos, para discutir. Muchos padres se ven «secuestrados» por el trabajo y por otras preocupaciones frente a la complejidad de la vida actual. Es difícil para los padres educar a los hijos que sólo ven por la noche, cuando regresan a casa cansados del trabajo. Es aún más difícil para los padres separados, que cargan el peso de su condición: tuvieron dificultades, se separaron y muchas veces toman al hijo como rehén, y el papá le habla mal de la mamá y la mamá le habla mal del papá, y se hace mucho daño. Se han separado por distintas dificultades y motivos, pero que no sean los hijos quienes carguen el peso de esta separación, que crezcan escuchando que la mamá habla bien del papá, y que el papá habla bien de la mamá aunque no estén juntos. Esto es muy difícil, pero es muy importante hacerlo para educar responsablemente a los hijos. Es necesario defender los espacios de diálogo que de verdad conduzcan a un sincero encuentro de la mente y el corazón.
Padres de familia: preguntémonos: ¿Intentamos comprender «dónde» están los hijos realmente en su camino? ¿Cuántos conocemos realmente su alma? Pero, sobre todo, ¿queremos saberlo?
En la relación final del Sínodo de la Familia, los obispos expresaron que la escuela católica desarrolla una función vital de ayuda en su deber de educar a los hijos. Padres de familia: ¡no están solos!  La educación católica favorece el papel de la familia asegurando una buena preparación, educando en virtudes y valores, e instruyendo en las enseñanzas de la Iglesia. Busca ayudar a los alumnos a crecer como adultos maduros que pueden ver el mundo a través de la mirada de amor de Jesús y comprender la vida como una llamada a servir a Dios. En muchos lugares la escuela católica es la única que asegura auténticas oportunidades para los niños de familias pobres, ofreciéndoles una alternativa y una posibilidad de contribuir verdaderamente a la vida de la sociedad.
Conclusión:
La vida no se construye en un laboratorio; se hace en la realidad. Jesús mismo pasó por la educación familiar. No olvidemos que en la vida de todo ser humano la primera escuela es la familia.
Hace poco escuché el lema del Responsable de Pastoral Familiar en una Diócesis de la Provincia Eclesial donde llevo a cabo mi misión: "La casa es la primera escuela, pero la escuela la segunda casa". Este juego de palabras me recordó la importancia de fortalecer las relaciones entre familia, escuela y sociedad. Este pacto educativo es un medio indispensable para recuperar lo humano del ser humano a partir de la Familia.
La buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo. Su irradiación en la sociedad permite compensar las lagunas, las heridas, los vacíos de paternidad y maternidad que tocan a los hijos menos afortunados. Esta irradiación puede obrar auténticos milagros.
Si la educación familiar vuelve a encontrar el orgullo de su protagonismo muchas cosas cambiarán para mejor, para los padres inciertos y para los hijos decepcionados.
“Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio —porque se han autoexiliado de la educación de los hijos— y vuelvan a asumir plenamente su función educativa. Esperamos que el Señor done a los padres esta gracia: de no autoexiliarse de la educación de los hijos. Y esto sólo puede hacerlo el amor, la ternura y la paciencia.”  (Papa Francisco, 20 mayo de 2015).    
Que Nuestro Señor conceda a todos los padres de familia la confianza, la libertad y el valor para seguir educando con amor a cada uno de sus hijos.
Palabras clave: Educación familiar. Derecho de los padres a educar a sus hijos. Medios de Comunicación. Pacto Educativo. Escuela Católica.



[1]No. 67 Relación Final del Sínodo de los Obispos, Cd. del Vaticano, octubre 2015.

[2] No. 68 Relación Final del Sínodo de los Obispos, Cd. del Vaticano, octubre 2015.

[3] No. 67 Relación Final del Sínodo de los Obispos, Cd. del Vaticano, octubre 2015.

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