articulo2
P. Roberto González L.C.

Introducción

La Relación final del Sínodo de la Familia, octubre 2015, en el cap. II, nn. 62 a 68, recoge las enseñanzas del Sínodo acerca de la procreación y de la educación de los hijos.

Mi propósito en estas líneas es detener mi atención y comentar sólo el número 66 que la Relación dedica al tema de la educación de los hijos. Este tema es de suma importancia, dado que, como veremos: educar es parte estructural de la gestación misma de los hijos y es para la Iglesia Católica el canal privilegiado de la transmisión de la fe. Dejo para algún otro artículo temas como: la familia es para los hijos la escuela del amor y de la afectividad, y el seno donde nacen la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada.

Hago presente de una vez que cuando escribo “hijo” entiendo “hijo/a”, y que cuando necesito referirme explícitamente a uno y a otro en su diferencia aparecerán nombrados separadamente.

Educar: derecho-deber de los padres

Ante todo debe quedar siempre en pie, como principio general de vida, constitutivo de la familia misma, el derecho-deber de los padres de elegir libremente el tipo de educación para sus hijos según sus creencias y según sus condiciones accesibles y de calidad (Rel.n.66)

Son ellos los que en su alianza matrimonial incluyen, en la naturaleza misma de su amor de esposos, el principio de la paternidad responsable, es decir, el propósito de traer hijos a la vida y de ayudarlos a crecer en al ámbito del amor y de la cultura familiar, según las reales posibilidades de cada hijo.

En efecto, la doctrina de la Iglesia enseña que el amor de los esposos, por su naturaleza misma, está finalizado en la procreación de los hijos y en su educación (GS.n.50). Y la tarea educativa a su vez tiene sus raíces en la vocación primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios; ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva persona, que trae consigo la vocación al crecimiento y al desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de ayudarle eficazmente a vivir una vida plenamente humana... (F.C.n.36).

Familia: escuela de humanidad

La Tradición de la Iglesia ha dado a entender siempre que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad (F.C.n.1), en cuanto que la familia es la incomparable e insustituible escuela de humanidad (cfr.GS.n.52); lugar de crecimiento sano de los hijos. Lugar donde se trasmite la fe (cfr. GS.n.48), como el más precioso y duradero patrimonio familiar; lugar donde se cultiva la espiritualidad y se practican las virtudes, que dan forma a la existencia de los hijos. La familia se ha demostrado siempre el seno donde se concibe y da a luz la vocación del hijo al sacerdocio, del hijo o de la hija a la vida consagrada; más aún, son muchos los padres cristianos que piden para su hogar esta gracia: contar entre los miembros de su familia con un hijo sacerdote, con una hija o con un hijo consagrado a Dios, como un título de honor cristiano y una bendición salvadora para la familia entera. La familia es también la escuela más atinada y espontanea para educar la afectividad en el corazón de los hijos y para enseñarles a amar, y, dado que amar es darse, es también la escuela más atinada para enseñarles a poseerse para poder darse, dado que nadie puede dar lo que no tiene; la familia es así la preparación más realista y viva para el matrimonio bien avenido de los hijos: Los jóvenes sean educados adecuadamente, y nunca mejor que en el seno de la familia, en la dignidad del amor conyugal, su función y sus expresiones; de tal manera que. formados en la estima de la castidad, virtud que enseña a ser dueño de sí, puedan pasar, llegada la edad conveniente, de un honesto noviazgo a la alianza matrimonial (cfr.GS.n.49) Toda esta riqueza de la familia se hace herencia espiritual-moral de los hijos gracias a la educación.

Educación: reto a la familia

La Relación hace presente que es precisamente en el campo de la educación de los hijos donde la familia tiene, en nuestro tiempo, uno de los retos más arduos, particularmente, por las dificultades y complicaciones que traen consigo sea la presente realidad cultural, impregnada de relativismo y de pragmatismo sea los medios de comunicación, los cuales, por desgracia, no ofrecen solamente aportaciones de carácter positivo sino que también siembran modos de pensar y modos de comportamiento que mecanizan la vida y generan adicciones que son, en el orden espiritual y moral, parásitos que alteran la percepción de la verdadera realidad del amor y esterilizan la vida del espíritu humano. Ante esto, la educación de los hijos se presenta como el medio más indispensable, eficaz y duradero para fortificar la vida espiritual-moral de los hijos y hacerlos capaces de afrontar las variadas asechanzas de descomposición del espíritu humano, difundidas en ambientes que se presentan altamente contaminados. La educación equivale también a un enriquecimiento y fortificación del sistema inmunológico espiritual-moral de los hijos, gracias al cual cada uno de ellos será capaz de afrontar y de defenderse ante las agresiones que en este mundo, sembrado de falacias, como bombas anti-hombre, lo asecharán.

¿Qué es educar?

Educar es una actividad peculiar ejercitada por los adultos en general y por los padres en particular, gracias a la cual los hijos, que nacen con múltiples capacidades operativas, pueden alcanzar la habilidad para realizarlas y hacerlas vida propia. El niño se presenta capaz de nutrirse, de caminar, de leer, de escribir, de aprender, de jugar, de trabajar, de orar... etc., pero necesita que alguien lo eduque, es decir, lo inicie y lo guíe en la actuación de todas estas capacidades (S. Thomas: De Magistro. Quaestiones disputatae De Veritate q. XI). La educación de los hijos, que Santo Tomas llama también Disciplina (I-II, q.95a.1), no tiene sólo como objeto la ventaja individual de llegar a poner en acto y desarrollar las capacidades propias de cada uno de los hijos, sino también la ventaja social de introducirlo e incorporarlo en la cultura (lengua, costumbres, valores, instituciones, técnicas, religión etc. ) que constituye la identidad del propio grupo familiar primero y, luego, del grupo extra-familiar, y de promover así el crecimiento homogéneo respectivo de cada grupo.

Educar. ¿Cuándo?

Nos preguntamos: ¿la educación en familia tiene un cuándo? Para responder a esta pregunta veamos, antes que nada, lo que hay que entender por gestación (del verbo latino gerere: llevar a cabo). Todo ser humano viviente responde a dos verbos: nacer y crecer. Apenas un ser humano nace, es decir, es concebido, se ve sometido inexorablemente a la ley de crecer. El papel que padre y madre tienen en el crecer de los hijos ha de llamarse, todo él, gestación. Espero que se entienda más adelante el porqué de esta extensión de significado.


Se sabe que la palabra gestación se aplica ordinariamente al período que todo concebido pasa en el útero de la propia madre, gestante. Sin embargo nos damos cuenta que la gestación, propiamente hablando, tiene dos capítulos: El primero inicia en el momento de la concepción, dura de suyo nueve meses, tiene lugar en el útero de la madre y concluye con el alumbramiento. En este capítulo el hijo recibe de sus padres el mensaje genético biológico, nunca repetido e irrepetible, que contiene mitad del códice genético de la madre y mitad del códice genético del padre. No sólo; se sabe que la actitud amorosa de los padres influye como factor educativo en el crecer del niño concebido y todavía alojado en el útero materno, en cuanto que el hijo deseado y esperado por los padres crece en un estado de ánimo, que no crece ni puede crecer un niño no esperado o no deseado. El segundo capítulo de la gestación inicia con el alumbramiento, tiene lugar en el útero de la familia (valga la analogía) y dura una cifra variable de años. En este segundo capítulo el hijo recibe el mensaje genético espiritual-moral que el padre y la madre le transmiten por medio del cordón umbilical (valga también aquí la analogía) de la educación. La gestación de un individuo de la raza humana no termina con el alumbramiento, porque, en realidad, en el niño que viene a la luz no ha despuntado todavía el uso de las facultades humanas: la inteligencia y la voluntad, que constituyen el factor específico de todo ser humano y por lo mismo una parte importantísima de esa persona humana está todavía por gestar, por trabajar y llevar a cabo. Por lo mismo, ambos capítulos constituyen la verdadera y plena gestación del ser humano.

Analizando estos dos capítulos se llega a ver que, así como no se puede juzgar opcional el primero, tampoco lo es el segundo; ambos capítulos son insustituibles e imprescindibles si se quiere poder hablar de gestación humana de los hijos. Ambos capítulo son pasos indispensables de la gestación misma, y gracias a ellos cada hijo alcanza datos constitutivos de su humanidad y de su personalidad.

Detengamos ahora nuestra atención en el segundo capítulo de la gestación de un hijo. Hemos dicho que inicia con el alumbramiento, que en él los padres pasan al hijo el mensaje genético espiritual-moral, y que esta comunicación gestante se vale de un cordón umbilical, no corporal, sino espiritual-moral, que se llama educación, y en el cual confluyen sea el mensaje espiritual-moral del padre, sea el de la madre, (no sólo de la madre).

La educación es gestación de los hijos

La educación, como se ve, es un componente constitutivo de la gestación humana; gracias a él, el niño, el adolescente, el joven van conociendo y van haciendo propios, cada uno al paso respectivo, los datos que desarrollan y llevan a cabo su dimensión humana, de modo consciente y libre, es decir, personalmente responsable. Se puede decir que el alumbramiento completo de un hijo se da cuando el joven llega a una madurez espiritual-moral fraguada, en la cual las consignas de la educación recibida han dado como fruto una estructura personal consciente y libre, compuesta de principios que gobiernan la propia vida; un sistema inmunológico espiritual-moral, gracias al cual cada hijo sabe vitalmente distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo verdadero de lo falso, y es capaz, en toda situación, con sus más y sus menos naturalmente, de preferir lo primero y renunciar a lo segundo. Una preferencia de lo bueno, justo y verdadero que crece a medida que la renuncia a lo contrario es más decidida, constante y honesta.

Educar, es decir, amar

No se puede olvidar que el elemento más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno, que encuentra en la acción educativa su realización, al llevar a su plenitud y a su perfección el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en alma y, por consiguiente, en norma que inspira y guía toda la acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de la dulzura, constancia, bondad, desinterés, espíritu de sacrificio, que son frutos y expresiones preciosas del amor “genitorial” (paternal) (cfr.F.C.n.36).


El Papa Francisco, refiriéndose precisamente al amor de los padres en la audiencia del miércoles 20 de mayo del 15, llega a decir audazmente: hay errores que sólo los padres están autorizados a hacer, porque pueden compensarlos de una forma que es imposible para otros. Como se ve, un dato fundamental en el asunto de la educación de los hijos es el amor de los padres. Efectivamente, el amor de los padres que concibe a ese hijo, el cual lleva en su ser la ley de crecer, como exigencia natural de su nacimiento, es el mismo que se ocupa de ayudarlo a crecer educándolo. Es el amor “genitorial” el único sujeto que tiene consigo las credenciales para llevar adelante la gestación, es decir, la educación, porque educación en la procreación humana no es más que gestación y viceversa; es decir, pertenece a la naturaleza misma del amor que concibe, gestar, es decir, llevar a su plenitud la vida del hijo concebido y alumbrado. El grande poeta Rabindranath Thagore en su libro Luna Nueva, en una de las poéticas escenas ahí descritas, en las que los protagonistas son la madre y el niño, hace decir a la madre ante los maestros educadores de su hijo: mi hijo no se define por sus defectos, mi hijo no se define por sus errores; sólo el que ama puede y sabe corregir, sólo el que ama sabe y puede castigar, porque si yo castigo a mi hijo y lo hago llorar, mi corazón llora con él... Los padres son conscientes de que ambos capítulos constituyen la gestación acabada de un hijo, saben que el hijo, abandonado a sí mismo, sin ninguna educación espiritual-moral, siguiendo la analogía, a una gestación abortiva, equivale a un hijo dado a luz sólo biológicamente, un hijo al cual no se le ha ofrecido el -ni se le ha ayudado a- hacer propio el parecido y la impronta espiritual moral de familia; un hijo al cual no se han transmitido las convicciones de familia, los modos de familia, las tradiciones de familia. Un hijo al que se deja sin educación -o casi- es un hijo cuya gestación no fue completada, es un hijo al cual no se ha dado el parecido más radicalmente humano: el de la propia familia, es un hijo casi sin rostro, un hijo que no lleva en su rostro parecido alguno, un hijo anónimo, un hijo que andará por la vida, como hay tantos, pordioseando parecidos y adoptando como suyos parecidos contradictorios, un hijo que pasará, quizá toda la vida, en el intento de parecerse a alguien, sin alcanzarlo nunca, porque le fue negado el suyo, en el cual nació.

Educar en la fe

Un contenido fundamental de la educación de los hijos es la educación en la fe y en la religión por parte de los padres. La generación contemporánea deja ver notables lagunas en la educación de los contenidos y de la praxis en la fe y en la religión; deja ver, por ejemplo, que la praxis religiosa de los hijos lleva exclusivamente el sello femenino, porque es la madre la única que se atreve a enseñar contenidos y comportamientos de creyente cristiana; el sello masculino en el saber y en el practicar la fe y la religión en los hijos brilla por su ausencia. Lo que el Papa Francisco dice a propósito de la educación de los hijos en general se puede decir de la educación en la fe y en la religión en particular por parte del padre en la familia; dice el Papa en la Audiencia citada: los padres y las madres...que se han auto-exiliado de la educación de sus hijos... vuelvan de su exilio y asuman plenamente su papel educativo. De hecho, en muchas familias cristianas el padre, bajo el punto de vista de la educación en la fe y en la religión, elige una posición neutra, sobre eso no se pronuncia, ni con su conducta ni con sus palabras. ¿Quizá nadie le ha dicho que él no se puede exiliar del deber fundamental de la gestación de los hijos y que la gestación de un hijo se lleva a plenitud con la educación? Qué lección admirable y convincente es ver al propio padre con el rosario en la mano o de rodillas y recogido ante el Santísimo Sacramento de la Eucaristía ¿Quizá nadie le ha dicho que nada en él, ni en su comportamiento ni en su hablar, es neutro tratándose de la gestación-educación de los hijos, particularmente en el campo de la fe y de la religión? Otra laguna bastante presente en la vida de los creyentes cristianos es la neta separación entre vida religiosa y vida profana, cuando en realidad, el cristiano tiene sólo vida religiosa en cuanto que la elevación al orden sobrenatural, en el que le ha puesto su bautismo, lo obliga a ser un testigo, siempre presente, de esa dimensión sobrenatural en donde quiera que se encuentre: Sea que coman, sea que beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios. Por nada den escándalo ni a judíos ni a griegos ni a la Iglesia de Dios (1Cor.10,31). Testigos en todo lugar y situación de la Gloria de Dios. De hecho, la primera predicación del cristianismo, a donde quiera que llegó, fue la predicación de la vida de los primeros cristianos. Por eso el Papa Francisco exhorta a todo cristiano a predicar el Evangelio, si es necesario también con la palabra.

RS2017

EE2016 lat

entreypara

CPAL

logo legionarios

logo clero

logo cem

fijo Sacerdos1

fijo LeCristo1

fijo homilias1

Volver